
Correr por la explanada con el corazón vibrante y reír hasta ahogarse en esa risa franca del hombre sincero.
Bailar al compás de una melodía cualquiera bajo el rayo de luna, de esa luna a la que tanto escribe.
Pasear por la playa sin preocupaciones, ni deseos inconclusos, sólo el vaivén de las olas como música para una vida plena.
Parar frente a un espejo de agua cristalina y mirar su cara y reconocerse feliz y grato, agradeciendo lo que hay y sin pedir nada.
Dormir en paz, aprovechando la noche para un descanso reparador y trasmutando a su cuerpo la maravillosa naturaleza de un espíritu diáfano que no conoce dobleces, ni desdenes, ni llantos…